Solo Cuento con el Cuento que te Cuento

Estamos ante la historia de un hombre que sobre todo, se ha dejado guiar por la curiosidad y el hambre de aprender en todas las etapas de su vida. Su historia es un canto a la educación como motor para transformar el entorno y la realidad.

El Yunior

Primera Parte

El Paquete de la tía Vicenta

Hay una mujer recostada, con sus codos apoyados en el marco de una ventana de madera despintada y rústica. Su barbilla reposa sobre sus manos entrecruzadas. Su mirada, perdida en el horizonte. Esa mujer es Victorina Figueroa Amador, mi mamá. Y esa es la primera imagen que tengo guardada de ella en mi memoria. Muchas décadas después me encontraría con un cuadro de Salvador Dalí en el Museo Reina Sofía en Madrid, Muchacha en la ventana, que me regresaría a esa imagen.

A lo lejos, el mar luce como un tenue trazo infantil interrumpido por algunas lomas difusas y edificios anónimos del área metropolitana. Al rato, ella bajará la vista y pondrá su atención en el angosto camino que serpentea ladera arriba hasta reposar en el patio de la casa. La vereda, un entramado de tierra, maleza y polvo, sigue ramificándose por todo el barrio Mamey.

Entonces, mi mamá —como solía hacer— se apoyó con las manos a cada lado de la ventana, sacó el torso hacia fuera y estiró el cuello como si quisiera definir mejor lo que veía. Logrado el propósito, se volvió hacia el interior de la casa y anunció con disimulada esperanza:

—Parece que llegó un paquete de Vicenta.

El aviso estaba dirigido a nosotros: mi hermana mayor, Victorina, a la que le decíamos Solyn, —nadie me ha podido explicar quién la nombró así, y mucho menos si la forma correcta de escribirlo es como aquí lo he hecho—; a mi otra hermana, Josefina, a la que le decíamos Fina, lo que sí se entiende; y a mí, que en ese momento aún me llamaba Junior, y mi mamá lo escribía con ye.

"La nostalgia, como siempre, había borrado los malos recuerdos y magnificado los buenos."
                                                                                                                                                                                  ––Gabriel García Márquez (Vivir para contarla)

El Juglar

Segunda Parte

El Novicio

“A los veintisiete días de mayo del año setenta
un hombre se sube sobre sus derrotas,
pide la palabra momentos antes de volverse loco.
No es un hombre, es un malabarista de una generación.”
Estos son los primeros versos de Oda a mi generación, canción emblemática que escribió

Silvio Rodríguez precisamente a los veintisiete días de mayo del año setenta, el día que tomé mi última clase en el Colegio de Mayagüez.

La canción de Silvio expresaba el sentir de aquellos jóvenes que seguían apostando a la revolución cubana y a la utopía que representaba, no solo para ellos, sino para gran parte de la juventud que en muchos lugares del mundo, principalmente en Estados Unidos y Latinoamérica, se manifestaba en contra de las guerras, de la explotación capitalista inmisericorde, y ansiaba un nuevo orden social y político. Yo era uno de ellos.

Al salir del Colegio tuve la sensación de haber sido expulsado de una burbuja en la que vivía curioseando por un mundo universitario maravilloso, para caer en medio de un tornado que me arrastró caóticamente por los primeros cinco años de esa década del setenta. No es que los próximos cinco años tuvieran menos vértigo. Pero en aquel momento el cambio fue dramático. Una serie de acontecimientos fueron tatuando un Silverio adulto a fuerza de tropiezos e intensas emociones.

"¡El cuento no es el cuento! El cuento es quien lo cuenta."
                                                                                                                              ––Luis Rafael Sánchez (Quíntuples)

The Entertainer

Tercera Parte

Un grand jeté

Enero de 1980. He decidido dar un gran salto al vacío. A veces, la única forma de dejar ir es precisamente esa, saltar al vacío sin tener la certeza de nada, sin saber si caeremos de bruces o si habrá una red que nos sostenga. Hacerlo de otro modo no funciona, sólo la incertidumbre y el miedo que vienen con ella pueden liberarnos. Había renunciado a mi trabajo como ingeniero y asesor científico de la organización ambientalista Misión Industrial y en unos meses dejaría de ser parte de Haciendo punto en otro son, mis únicas dos fuentes de ingresos. Era el momento entonces de sentarme en una mesa imaginaria de dibujo, con una sola tarea en mente: rediseñarme, reinventarme, dejar atrás lo que fui y mirar hacia lo que quería ser; buscar una nueva piel.

Busqué opciones, sobre todo en televisión, donde había tenido una buena experiencia conBorinquen canta. Eso me llevó a visitar Ideas Incorporado, una compañía productora que hacía un programa que me llamaba la atención: Nuestro Pueblo. Allí me reuní con Juan Castellanos, un joven elegante, vestido de mahón y camisa blanca planchada con almidón, flacucho, de pelo negro y bigote abundante. Era un irremediable soñador. Con una camarita Súper8 se iba por los pueblos de la isla a grabar tradiciones y personajes. Nuestro Pueblo se transmitía por el Canal 11, una estación producto del genio creativo y tecnológico de don Rafael Pérez Perry, uno de los pioneros de la televisión puertorriqueña. De este programa me había hablado Gilberto Rivera, un reconocido director de televisión que era su socio. Hubo una inmediata conexión creativa tan pronto intercambiamos ideas e ilusiones y me pidió que fuera el anfitrión de su programa. Acepté. Pero el salario asignado aún no daba para cubrir mis gastos básicos. Pensé en algo adicional.

"La historia no es lo que uno desea contar, es lo que ella misma te dicta al revelarse."
                                                                                                                                                                                           ––Wendy Guerra (Domingo de Revolución)

El Escribidor

Cuarta Parte

Sobran los motivos

Cuando me siento a escribir, siempre escribo por un motivo inmediato, aunque no esté totalmente definido aún. Lo hago impulsado por un nuevo proyecto, algún invento creativo, un libro, un guion para un espectáculo, una columna que debo entregar, una canción necesaria, un desahogo ante una injusticia o patraña política; nunca para que se quede en nube sin convertirse en lluvia. En algo tangible. No sé si eso es bueno, pero en mi caso, es.

Aquel ejercicio de ayudar a Eddie López a completar algunas parodias para Los Rayos Gamma, en 1971, cuando el dolor de su enfermedad le escamoteaba concentración a su mente, siguió siendo ejercicio en 1980 cuando asumí la responsabilidad de crear un libreto satírico a su imagen y semejanza para darle continuidad al proyecto de Los Rayos Gamma. No fue hasta que la profesora Celeste Benítez me retó a escribir una columna semanal para el diario El Reporteroque experimenté esa angustiosa sensación de tener frente a mí un espacio en blanco que debía llenar desde mi propia reflexión, desde mi interior, desde la nada. Y así comencé a formarme como columnista. Pero lo hacía sin consciencia plena de que eso que escribía, a diferencia de un guion, quedaba, trascendía, no desaparecía con el último aplauso de un espectáculo o con los créditos finales de un programa de televisión.

El escritor en ciernes se manifestó un tanto con los dos primeros libros de Humortivaciónpublicados en 1998 y en el 2000. En ese momento, el motivo predominó sobre la forma. Quería comunicar unas ideas que me parecían una manera lógica de vivir la vida, como lo aprendí de mis padres: con humor y positivismo. Fue casi una transcripción de lo que eran mis charlas de motivación. Escribía como pensaba, y así mismo se ve reflejado en las portadas y en el contenido de esos dos libros de cuyas ventas fui el primer sorprendido.

"¡El cuento no es el cuento! El cuento es quien lo cuenta."
                                                                                                                              ––Luis Rafael Sánchez (Quíntuples)

El Yunior

Primera Parte

El Paquete de la tía Vicenta

Hay una mujer recostada, con sus codos apoyados en el marco de una ventana de madera despintada y rústica. Su barbilla reposa sobre sus manos entrecruzadas. Su mirada, perdida en el horizonte. Esa mujer es Victorina Figueroa Amador, mi mamá. Y esa es la primera imagen que tengo guardada de ella en mi memoria. Muchas décadas después me encontraría con un cuadro de Salvador Dalí en el Museo Reina Sofía en Madrid, Muchacha en la ventana, que me regresaría a esa imagen.

A lo lejos, el mar luce como un tenue trazo infantil interrumpido por algunas lomas difusas y edificios anónimos del área metropolitana. Al rato, ella bajará la vista y pondrá su atención en el angosto camino que serpentea ladera arriba hasta reposar en el patio de la casa. La vereda, un entramado de tierra, maleza y polvo, sigue ramificándose por todo el barrio Mamey.

Entonces, mi mamá —como solía hacer— se apoyó con las manos a cada lado de la ventana, sacó el torso hacia fuera y estiró el cuello como si quisiera definir mejor lo que veía. Logrado el propósito, se volvió hacia el interior de la casa y anunció con disimulada esperanza:

—Parece que llegó un paquete de Vicenta.

El aviso estaba dirigido a nosotros: mi hermana mayor, Victorina, a la que le decíamos Solyn, —nadie me ha podido explicar quién la nombró así, y mucho menos si la forma correcta de escribirlo es como aquí lo he hecho—; a mi otra hermana, Josefina, a la que le decíamos Fina, lo que sí se entiende; y a mí, que en ese momento aún me llamaba Junior, y mi mamá lo escribía con ye.

"La nostalgia, como siempre, había borrado los malos recuerdos y magnificado los buenos."

                                                                                                                                                                                 ––Gabriel García Márquez (Vivir para contarla)

El Juglar

Segunda Parte

El Novicio

“A los veintisiete días de mayo del año setenta
un hombre se sube sobre sus derrotas,
pide la palabra momentos antes de volverse loco.
No es un hombre, es un malabarista de una generación.”
Estos son los primeros versos de Oda a mi generación, canción emblemática que escribió

Silvio Rodríguez precisamente a los veintisiete días de mayo del año setenta, el día que tomé mi última clase en el Colegio de Mayagüez.

La canción de Silvio expresaba el sentir de aquellos jóvenes que seguían apostando a la revolución cubana y a la utopía que representaba, no solo para ellos, sino para gran parte de la juventud que en muchos lugares del mundo, principalmente en Estados Unidos y Latinoamérica, se manifestaba en contra de las guerras, de la explotación capitalista inmisericorde, y ansiaba un nuevo orden social y político. Yo era uno de ellos.

Al salir del Colegio tuve la sensación de haber sido expulsado de una burbuja en la que vivía curioseando por un mundo universitario maravilloso, para caer en medio de un tornado que me arrastró caóticamente por los primeros cinco años de esa década del setenta. No es que los próximos cinco años tuvieran menos vértigo. Pero en aquel momento el cambio fue dramático. Una serie de acontecimientos fueron tatuando un Silverio adulto a fuerza de tropiezos e intensas emociones.

"¡El cuento no es el cuento! El cuento es quien lo cuenta."

                                                                                                                               ––Luis Rafael Sánchez (Quíntuples)

The Entertainer

Tercera Parte

Un grand jeté

Enero de 1980. He decidido dar un gran salto al vacío. A veces, la única forma de dejar ir es precisamente esa, saltar al vacío sin tener la certeza de nada, sin saber si caeremos de bruces o si habrá una red que nos sostenga. Hacerlo de otro modo no funciona, sólo la incertidumbre y el miedo que vienen con ella pueden liberarnos. Había renunciado a mi trabajo como ingeniero y asesor científico de la organización ambientalista Misión Industrial y en unos meses dejaría de ser parte de Haciendo punto en otro son, mis únicas dos fuentes de ingresos. Era el momento entonces de sentarme en una mesa imaginaria de dibujo, con una sola tarea en mente: rediseñarme, reinventarme, dejar atrás lo que fui y mirar hacia lo que quería ser; buscar una nueva piel.

Busqué opciones, sobre todo en televisión, donde había tenido una buena experiencia conBorinquen canta. Eso me llevó a visitar Ideas Incorporado, una compañía productora que hacía un programa que me llamaba la atención: Nuestro Pueblo. Allí me reuní con Juan Castellanos, un joven elegante, vestido de mahón y camisa blanca planchada con almidón, flacucho, de pelo negro y bigote abundante. Era un irremediable soñador. Con una camarita Súper8 se iba por los pueblos de la isla a grabar tradiciones y personajes. Nuestro Pueblo se transmitía por el Canal 11, una estación producto del genio creativo y tecnológico de don Rafael Pérez Perry, uno de los pioneros de la televisión puertorriqueña. De este programa me había hablado Gilberto Rivera, un reconocido director de televisión que era su socio. Hubo una inmediata conexión creativa tan pronto intercambiamos ideas e ilusiones y me pidió que fuera el anfitrión de su programa. Acepté. Pero el salario asignado aún no daba para cubrir mis gastos básicos. Pensé en algo adicional.

"La historia no es lo que uno desea contar, es lo que ella misma te dicta al revelarse."

                                                                                                                                                                                           ––Wendy Guerra (Domingo de Revolución)

El Escribidor

Cuarta Parte

Sobran los motivos

Cuando me siento a escribir, siempre escribo por un motivo inmediato, aunque no esté totalmente definido aún. Lo hago impulsado por un nuevo proyecto, algún invento creativo, un libro, un guion para un espectáculo, una columna que debo entregar, una canción necesaria, un desahogo ante una injusticia o patraña política; nunca para que se quede en nube sin convertirse en lluvia. En algo tangible. No sé si eso es bueno, pero en mi caso, es.

Aquel ejercicio de ayudar a Eddie López a completar algunas parodias para Los Rayos Gamma, en 1971, cuando el dolor de su enfermedad le escamoteaba concentración a su mente, siguió siendo ejercicio en 1980 cuando asumí la responsabilidad de crear un libreto satírico a su imagen y semejanza para darle continuidad al proyecto de Los Rayos Gamma. No fue hasta que la profesora Celeste Benítez me retó a escribir una columna semanal para el diario El Reporteroque experimenté esa angustiosa sensación de tener frente a mí un espacio en blanco que debía llenar desde mi propia reflexión, desde mi interior, desde la nada. Y así comencé a formarme como columnista. Pero lo hacía sin consciencia plena de que eso que escribía, a diferencia de un guion, quedaba, trascendía, no desaparecía con el último aplauso de un espectáculo o con los créditos finales de un programa de televisión.

El escritor en ciernes se manifestó un tanto con los dos primeros libros de Humortivaciónpublicados en 1998 y en el 2000. En ese momento, el motivo predominó sobre la forma. Quería comunicar unas ideas que me parecían una manera lógica de vivir la vida, como lo aprendí de mis padres: con humor y positivismo. Fue casi una transcripción de lo que eran mis charlas de motivación. Escribía como pensaba, y así mismo se ve reflejado en las portadas y en el contenido de esos dos libros de cuyas ventas fui el primer sorprendido.

"¡El cuento no es el cuento! El cuento es quien lo cuenta."

                                                                                                                               ––Luis Rafael Sánchez (Quíntuples)

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