Victorina: Completa Su Vuelta Al Sol #94 Esta Semana

Cuando llegué a esa edad cuando uno comienza a preguntarse cosas que antes daba por naturales, me cuestioné cuál era la explicación de que mi madre tuviera un nombre que más nadie tenía en el barrio Mamey. Pero más raro aún, cómo era posible que en el barrio Camarones, a 23 kilómetros de distancia, y varios años después, naciera una niña a la que también se le puso ese nombre, y que, por esas raras coincidencias del destino, luego se convirtiera en la hija de esa otra Victorina. Ahora que mi madre se apresta a celebrar su vuelta al Sol número 94 el próximo miércoles, les revelo el misterio que logré descifrar cuando investigaba los orígenes de mi familia para el libro Solo cuento con el cuento que te cuento.

La que luego resultó ser mi hermana Victorina, no tenía ese nombre debido a la costumbre en aquellos campos de bautizar a la hija mayor con el nombre de la madre. Victorina, mi hermana, no era hija de Victorina, mi madre. Pero tampoco fue por casualidad que cohabitaran en la misma casa dos personas con un nombre hasta entonces desconocido en aquel barrio de Guaynabo. El destino y una publicación centenaria fueron los responsables.

Mi padre, Silverio, tenía ese nombre porque así lo dictaminaba el Almanaque Bristol. Cuando ya le quedaban pocos días al año viejo, era obligatorio pasar por la farmacia del pueblo a buscar el Almanaque pintoresco de Bristol, en cuyo encabezamiento se ordenaba que su distribución fuera completamente gratis. Sobre el color anaranjado viejo de su portada sobresalía el año al que pertenecía además del torso de un hombre vestido a la usanza de la segunda parte del siglo XIX, el químico y farmaceuta Cyrenius Chapin Bristol, su creador. En el interior se encontraban, además de los meses del año con el santoral de cada día.

El 20 de junio, fecha en que nació mi padre, dictaba la famosa publicación que era el día del Papa y mártir San Silverio. El pobre santo nacido en el año 538, que ocupó por poco tiempo la silla de San Pedro, murió desterrado en la isla de Poncia, víctima de los manejos de dos mujeres: Teodora y Antonina, y sus respectivos maridos, Justiniano y Belisario, altos jerarcas de una corrupta Roma.

Silverio se casó, no me refiero al Papa, sino a mi papá, cuando tenía veinte años. Enviudó ocho años después y quedó solo y preocupado, con tres descendientes: Victorina, Josefina y Abraham. Mi papá, con la ayuda de sus hermanas, se las arreglaba como podía, trabajando de carpintero, manejando sus tres huérfanos, y enfrentando la soledad. Transcurrieron tres años e igual número de novias en su intento de acabar con su viudez. Una noche del verano de 1945, mientras el mundo celebraba el fin de la Segunda Guerra Mundial, Papi fue del barrio Camarones, donde vivía, al barrio Mamey, a unas procesiones religiosas que se hacían de casa en casa, cargando la Virgen de la Divina Providencia, patrona de país, el país subsistía por la providencia divina. Estas visitas de la virgen eran ocasiones para encontrarse con familiares y amigos, hacer chistes, comentar los sucesos del barrio y, además, saborear un buen chocolate de barra, con galletas y queso de bola que servía la vecina que esa noche le daría posada a la imagen de la santa patrona.

A Silverio, el viudo, le llamó la atención cuando alguien llamó a una jovencita de nombre Victorina para que condujera el rosario de la velada. La hermosa joven, de unos dieciocho años, pelo negro, ojos castaños y dulce voz, hizo que el viudo se fuera colando disimuladamente entre los presentes hasta llegar justo al lado del altar. Allí rezó con más fervor que nunca inspirado por aquella otra virgen a la que no le quitaba la vista. Subía la voz, la engolaba, al contestar las letanías para llamar la atención de la joven conductora de rosarios. No esperó al amén final para ir sobre el objeto de su devoción.

¿Así que tú te llamas Victorina?

Ella asintió.

Pues tu eres la mujer perfecta para que me ayudes a cuidar a mi hija mayor, que se llama Victorina, …y a dos más dijo sin pérdida de tiempo.

¡Y se casaron seis meses después!

La mañana siguiente a la noche nupcial le llegó a Victorina su regalo de bodas: dos niñas, Victorina y Josefina, de ocho y seis años respectivamente, y Abraham, de cinco, a los que debía cuidar mientras cumplía sus deberes del hogar y la familia. La fascinante historia de las victorinas, y de las intenciones del viudo en dejar de serlo a la mayor brevedad, me develó un dato interesante: ambas victorinas nacieron el 6 de marzo, y de todos los nombres que aparecían en el Almanaque Bristol, alguien en ambas familias, con once años de diferencia, escogió ponerle a la recién nacida el femenino del santo del día, San Victorino de Nicomedia. Y otro hallazgo interesante: los recién casados resultaron ser primos, cosa común en aquellos tiempos y en aquellos barrios, pues la abuela de mi padre, Andrea Reyes, y la de mi madre, Eulogia Reyes, eran hermanas. Sus padres vinieron de Islas Canarias.

Otras historias fascinantes de mi vida y del entorno en el que me tocó vivir las puede leer en el libro Solo cuento con el cuento que te cuento que puede adquirir aquí mismo.

Silverio Pérez: El hombre de los tantos sombreros

Publicado el 8 de septiembre de 2019 en 90 Grados, por Renia Fermaint.

Leer más

Lo que Trump no sabe de Puerto Rico

Leer más

Marullo - Oleada de verano #10: Yara Liceaga Rojas

Leer más

Suscríbete a mi espacio

Nuevo contenido todas las semanas. Sé parte de la comunidad de pensadores.

Gracias! Su suscripción ha sido recibida!
Oops! Something went wrong while submitting the form