¿Vale la pena opinar?

Hoy, cuando comienzo a caminar por tercera vez El Camino de Santiago, me hago esta pregunta no de forma retórica, sino con dolor en mi corazón, y quiero saber la opinión de ustedes...

Hoy, cuando comienzo a caminar por tercera vez El Camino de Santiago, me hago esta pregunta no de forma retórica, sino con dolor en mi corazón, y quiero saber la opinión de ustedes, las casi 200,000 personas que con tanta generosidad y solidaridad me siguen en las redes sociales. Les explico:

Cuando hice la investigación para el libro La Vitrina Rota, me di cuenta que algo sucedió alrededor de mediados de los años 40 que nos cambió, para bien y para mal. La pobreza extrema se veía por doquier. Estados Unidos se enfrentaba a la 2nda Guerra Mundial y necesitaba de Puerto Rico estratégicamente. Era peligroso tener un enclave militar en una isla que era un barril de pólvora por la miseria y las enfermedades que padecía. La combinación de las ideas del gobernador Redford Tugwell, los programas del presidente Franklin D. Roosevelt, y el ascenso del líder popular Luis Muñoz Marín produjeron un país que comenzó a experimentar la salida de la pobreza extrema.

El otro polo era don Pedro Albizu Campos, que denunciaba lo que estaba tramándose para, según él, perpetuar la colonia. Don Pedro estuvo dispuesto a sacrificarse por lo que creía. Fue criminalizado y con él todo aquel que creyera en la independencia o pensara distinto a lo establecido. La Ley de la Mordaza de 1948 culminó esa criminalización y se comenzó a adular todo lo que fuera “americano”. La industrialización era buena, la agricultura el atraso, la ciudad lo moderno, el campo lo pasado. Muñoz, se dio cuenta de que el salto era sicológicamente muy peligroso para la psiquis del pueblo y estableció Operación Serenidad, un énfasis en las artes, la cultura, y todo aquello que espiritualmente compensara el cambio drástico que estaba sufriendo el país. Vino el Instituto de Cultura, la WIPR, el programa de Educación a la Comunidad, etc, etc. Se construyó una administración ilustrada, con gente de unas capacidades intelectuales y profesionales extraordinarias, pero el que fuera independentista lo tenía que disimular, porque si no, sería marginado.

Vino la Guerra Fría, que dividió el mundo entre buenos y malos. En Puerto Rico triunfaron los estadistas por primera vez en 1968. Eran del bando de “los buenos”, pero don Luis Ferré significaba una extraordinaria transición: un hombre renacentista, ingeniero, ilustrado, músico, amante de las artes. Pero los estadistas que le siguieron, a mi entender, fueron producto del pro americanismo que sembraron los que legalizaron la colonia en 1952, y se acrecentó la persecución al pensamiento diferente. Los asesinatos del Cerro Maravilla fueron aprobados por la oficialidad y si no llega a ser por una investigación del Senado hoy los policías serían héroes con monumentos y calles a su nombre.

Cuando fracasó el modelo económico que según muchos “nos sacó de la pobreza”, la Vitrina en la que se nos exhibía en el mundo como el ejemplo a seguir se rompió. El bipartidismo, la corrupción, la politiquería burda, el fanatismo, la ignorancia, el miedo, y todo lo que se deriva del pensamiento colonialista se exacerbó. Desde hace tiempo, diferir, pensar críticamente, cultivar el intelecto, es castigado por el sistema. La situación ha llegado a niveles tóxicos con la llegada de las redes sociales donde se ha democratizado la estupidez y la ignorancia. Y eso sucede no solo en Puerto Rico, sino en el mundo entero. Se atiende más la estridencia que la inteligencia, es el atrevido y no el talentoso el que es apoyado por las masas, el veneno corre por las redes sociales contaminándolo todo. En una colonia, donde el miedo y el fanatismo predominan, la redes transmiten esas células cancerosas y el cuerpo social sufre una metástasis de proporciones irreversibles.

¿Hay nuevas formas de aportar que no sea el someterse a esa toxicidad? ¿Vale la pena opinar y que tu aportación sea consumida por la corrosión predominante? Sé de muchos buenos puertorriqueños, de una intelectualidad extraordinaria, gente de bien, que aman a nuestro país hasta el dolor, que han optado por enclaustrarse y no opinar. Otros han emigrado a países latinoamericanos para no enfermarse emocionalmente. ¿Es esa la opción? Honestamente me lo pregunto y será motivo de reflexión en estos días en que serán mis pasos y los de los peregrinos boricuas que me acompañan el único sonido que llegará a mis oídos. Quiero saber lo que opinan. No estoy buscando aprobación, ni un “echa pa’ alante”, ni frases huecas. Mi país camina hacia un precipicio, no fiscal, no nos equivoquemos, sino hacia un vacío espiritual, intelectual, de contenido, de desnaturalización de su esencia, que nos puede aniquilar como pueblo. Y eso le agrega carga a mi mochila. Y honestamente se los comparto. 

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