Regreso A Mi Barrio (Segunda Parte)

No se imaginan lo importante que resulta para mí la presentación que hoy se hará en mi barrio del libro de Memorias Solo cuento con el cuento que te cuento en presencia de mis padres y otros familiares. (4:00pm; Barrio Mamey; Barrio Pizzería, libre de costo) Benjamín Torres Gotay, extraordinario columnista de El Nuevo Día, junto a Luis Figueroa, vecino del barrio, comentarán el escrito. Mi hermano menor, Sammy, conducirá el diálogo.

La emoción me activa la memoria y viene a mi mente la imagen de esta máquina Singer. Esa máquina nos dio el sustento en un momento difícil.

Luego de varios años de vivir en el barrio boricua del Bronx, la tía Vicenta comenzó a enviar unos paquetes que contenían ropa y diversidad de cosas que ella recogía entre los vecinos para sus familiares pobres de la isla. Aún tengo el recuerdo de una dirección escrita con lápiz en letras grandes, en la parte superior izquierda del paquete: Vicenta Pérez, 1414 Forham Ave, Bronx, NY, NY.

El quinqué alumbraba con luz tenue la pequeña sala de nuestra casa, balanceándose suavemente desde el techo, como un botafumeiro santiagueño empujado por la brisa fresca que entraba por las ventanas abiertas. El vaivén proyectaba en el soberao y en las tablas de las paredes las cinco sombras que se arremolinaban curiosas alrededor del paquete. Mi mamá lo abría con ceremonioso cuidado, con las mismas tijeras que usaba para cortar las telas que cosía en su máquina Singer.

¡La máquina Singer! Era el aparato de más lujo que había en nuestra sala. El mueble de caoba oscura, estaba recostado de la pared. Tenía dos gavetas pequeñas a mano izquierda donde Mami guardaba carretes de hilo, agujas y tijeras. En la parte de abajo, estaba el soporte de hierro con la palabra Singer incrustada en el pedal, y, sobre el mueble, la maravillosa máquina, que la recuerdo sensual al roce de la mano sobre su sinuoso cuerpo de hierro. Al leve empuje de la rueda por los pies sobre el pedal, se movía todo su engranaje a un ritmo sonoro que envolvía a mi madre en un delirante trajín.

El papel de estraza que envolvía la caja enviada por la tía Vicenta, era cuidadosamente doblado, para usarlo luego de patrón para los trajecitos que mami le hacía a Solyn y a Fina. Del cofre mágico de la tía Vicenta salían juguetes, servilletas en tela, zapatos, cucharas, platos, blusas, pantalones, sobreros y abrigos, que de inmediato nos repartíamos de acuerdo al tamaño o al uso que se le podrían dar. Era una noche de Reyes Magos atemporal. Las ilusiones de una familia pobre parecían estar contenidas en aquella caja que celosamente la tía Vicenta preparaba gracias a la generosidad de sus vecinos del Bronx.

A eso de las cinco de la tarde del otro día de la llegada del paquete de la tía Vicenta, mientras mami pedaleaba sin detenerse en su máquina Singer, y Fina cocinaba el arroz y habichuelas de siempre, Solyn, después de bañarme, me puso un mameluco de corduroy rojo que me había gustado, para que fuera a esperar a papi que ya regresaba de su búsqueda de trabajo diaria. Me paré en una piedra que formaba un promontorio en una de las curvas del camino, y lo vi subir. El sol proyectaba mi sombra como si fuera otro espeque de los que servían de soporte a las empalizadas de alambres de púas de la colindancia. Papi venía acompañado de cuatro hombres que conversaban animadamente del City Champ de béisbol entre los cangrejeros de Santurce y los senadores de San Juan. Cada noche que había juego de béisbol se juntaban en el batey de mi casa, prendían un jacho que colocaban en una de las horquetas del palo de flamboyán, Papi ponía en la ventana el radio de baterías que un día le envió la tía Vicenta y, mientras Mami les hacía chocolate, se divertían escuchando las incidencias del juego que narraba Pito Álvarez de la Vega.

Uno de esos hombres, cuando me vio de pie sobre la piedra del camino, con aquel mameluco rojo, gritó en broma: “¡Fuego en la loma!”, y todos se rieron a carcajadas, observándome. Recuerdo que experimenté algo que nunca antes había sentido: una quemazón visceral e incómoda que se apoderaba de mi pequeña humanidad y se me agolpaba en el rostro, enrojeciéndolo, una vergüenza incomprensible que me empujaba a ocultarme. Era la incómoda sensación de hacer el ridículo, de quedar en evidencia, de presenciar el colapso del lucir bien. Y corrí camino arriba, llorando, huyendo de mi fracaso de impresionar a Papi con mi nuevo ajuar, y me refugié en lo más recóndito del pequeño espacio que había debajo de la casa.

Cuando Papi puso cuidadosamente su caja de herramientas allí debajo, no me vio. Luego escuché las voces desesperadas de todos al no saber donde estaba. Papi llamaba “¡Junitooooo!” a todo pulmón. Cuando mis hermanas se pusieron a llorar porque las culparon por mi desaparición, decidí salir. Ahora no sé si realmente fue por ellas o por un enorme sapo que me miraba fijamente, con el pulso reflejado histéricamente en la garganta.

Silverio Pérez: El hombre de los tantos sombreros

Publicado el 8 de septiembre de 2019 en 90 Grados, por Renia Fermaint.

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