Regreso A Mi Barrio (Primera Parte)

De mi abuela Quintina recuerdo sus facciones indígenas: pelo lacio, azabache, pómulos pronunciados, ojos hundidos, tez trigueña. La veía casi siempre descalza, con un machete en la mano. Su presencia me producía una sensación indescifrable. No era la abuela zalamera y permisiva. Pero la admiraba como si fuera una heroína de cuentos infantiles. Ella era quien era, y punto. Sin pretender otra cosa. Tuvo hijos de tres parejas distintas, y no era una mujer sensual o coqueta. Se dedicaba a labores en la agricultura reservadas para los hombres, como hacer carbón en un horno, también llamado burra o carbonera.

Cuando íbamos a su casa de madera y zinc, a la orilla del camino principal, me fascinaba verla en sus quehaceres. En el patio había una barraca de paja, madera y barro para guarecerse en caso de huracán. De la parte de atrás del refugio salía una brecha difusa que bajaba abruptamente a través de un cafetal cubierto por enormes árboles de guaba hasta llegar a una quebrada de corriente cristalina. El suelo siempre estaba resbaloso, pavimentado de hojas grises y húmedas. Allá abajo siempre encontrábamos a la abuela Quintina, preparando el carbón.

Nos recibía sonriente, con sus dientes grandes manchados por el tabaco que fumaba. Nos daba un beso, aromatizado de café y tabaco, y de inmediato destapaba un termo que mantenía enganchado en una horqueta que ella había hecho con ramas de guaba y nos ofrecía un trago del tinto sin azúcar, puya. Luego, seguía su labor mientras conversaba y preguntaba por el resto de la familia.

Con el hacha cortaba algunos de los árboles cercanos al cafetal y, a machete y azada, preparaba un terraplén donde iba colocando los troncos, de mayor a menor grosor, formando una pirámide que podía llegar a tener seis pies de altura. Entonces, con una pala, le echaba tierra por encima a los troncos hasta que la pirámide quedaba totalmente cubierta, como un descomunal hormiguero.

En la base del horno dejaba un hueco, y allí colocaba ramas secas, rociadas con gas. Las encendía y poco a poco se iba propagando el fuego al resto de la madera en el interior del horno. La cubierta de tierra evitaba que los troncos se quemaran. La cocción, al cabo de algunos días, producía el carbón. Luego de varias horas, comenzaban a salir escapes de humo a través de los poros de la capa de tierra, acompañados de un embriagante olor a madera cocida. Si en algún punto del horno la madera creaba una combustión excesiva, mi abuela corría a la quebrada y con un cacharro echaba agua donde la flama osaba asomarse, y cubría el hueco con tierra nueva. Si llovía, cubría el horno con planchas de zinc de las que se utilizaban para techar las casas.

Así, vigilante de su producción del carbón vegetal, muy solicitado sobre todo en la época de navidad para hacer el famoso lechón asado a la varita, mi abuela se amanecía al lado de la quebrada, estoica, dormitando al son de los cantos de coquí, chicharras y múcaros, con una manta de saco por encima para protegerse de los zancudos y del frío mañanero. Continuos buches de café, y unos traguitos de ron pitorro que ella misma destilaba en un espacio cercano sin que la policía lo detectara, la mantenían alerta.

Ese pitorro que mamá Quintina destilaba en una serpentina rústica, no faltaba en la actividad por la cual era famosa en el barrio: su promesa de un rosario cantado en la víspera de Reyes. Los recuerdos que tengo de esas celebraciones no han sufrido mella con el tiempo, al contrario, me provocan una deliciosa nostalgia que me hace detenerme en las estampas que vienen a mi mente como si estuviera frente a El velorio de don Francisco Oller.

Era otra mujer la abuela Quintina de esa noche de promesa. Se ponía un traje modesto pero bonito, se calzaba unos zapatos aunque caminara incómoda, atendía con diligencia al que llegaba, se aseguraba que todo el mundo comiera bien, animaba la fiesta que seguía inmediatamente después del canto que ponía punto final a la parte religiosa, y se echaba una bailadita si era necesario. La música: cuatro, guitarra, acordeón de botones, güiro, y trovadores que improvisaban décimas sobre la Epifanía y la historia de Jesús.

Siguiendo la tradición, tampoco faltó que en una que otra víspera de Reyes la promesa terminara como el rosario de la aurora. Para aplacar los ánimos, la abuela Quintina dejaba disimuladamente un machete detrás del pesebre que ocupaba el centro de la sala. Y no dudaba en sacarlo y darle un par de sablazos a los que intentaran romper la armonía de su promesa por disputas de noviazgos o de colindancias. Podría usar vestido y estar alegre, pero su espíritu fuerte siempre sería el mismo.

Si quieren seguirse enterando de las cosas del Barrio, pueden adquirir el libro aquí mismo, en esta página web, o van al Barrio el domingo y se los firmo.

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