Mierda de Bruja

Suena mal. A mi también me sonó terrible. Fue mi primer encuentro con ese realismo mágico o con ese mundo fantástico que se mezclaba con mi cotidianidad de niño en mi barrio.

Papi había estado deprimido porque no encontraba trabajo en esa terrible primera mitad de la década del 50. Lo que nunca me imaginé fue que se pudiera deber a unas brujas que merodeaban la casa.

Esto fue lo qué pasó:

Un sábado por la mañana cuando me levanté escuché una conversación en voz alta en la que se notaba un tono de alarma. Una vecina se había acercado y junto a mis padres miraba con pavor una plasta amarillenta parecida a una delgada tortilla de huevos, sobre las raíces de un árbol de mangó que crecía al lado del fregadero.

Eso es mierda de brujas dijo la vecina con tal seguridad que no dejaba lugar a cuestionamiento alguno.

Yo las he escuchado de noche, gritando y riéndose aseguró mi papá.

¡Qué brujas ni que ocho cuartos! intervino mi madre Eso debe ser algún pájaro raro. Los cristianos no podemos creer en esas cosas.

Sabrá Dios si es por eso que don Silva está así insinuó la vecina.

Papi asintió convencido de que su depresión tenía un origen sobrenatural. Mis hermanos también se fueron acercando y Moncho, que era el más travieso, tomó una rama y comenzó a regar la plasta.

Las brujas no se provocan lo regañó la vecina.

Esa tarde Papi se dedicó a hacer una cruz de madera que luego clavó en el tronco del árbol. Ni la plasta amarillenta ni las risas de las brujas se volvieron a escuchar. Vivíamos en esa natural sobrenaturalidad cotidiana, puertorriqueña. A veces el Caribe se mira como ese lugar donde la magia trasciende la realidad, pero, desde pequeño aprendí, que esa supuesta magia es la manifestación de la realidad que habitamos.

Una noche, una fuerte brisa voló el gozne que aseguraba la ventana de madera del cuarto donde dormíamos los varones. Yo caí sentado en el catre y a través de la ventana vi a lo lejos un ser, vestido de una túnica blanca, que se inclinaba cadenciosamente y me invitaba a acercarme. Mis hermanos no se despertaron por más que les grité, así que fui llorando a la habitación de mis padres. Papi vino al cuarto a averiguar, se asomó a la ventana y dijo: ¡vente! Yo lo miré sin poder creer que pretendiera ir hacia la aparición. Me agarró por un brazo y aunque refunfuñé me llevó lo más cerca posible para que me diera cuenta que era una guajana de caña movida por el viento e iluminada por la luna.

Obtenga en este mismo sitio el libro SOLO CUENTO CON EL CUENTO QUE TE CUENTO para estas y otras historias de mi vida.

Silverio Pérez: El hombre de los tantos sombreros

Publicado el 8 de septiembre de 2019 en 90 Grados, por Renia Fermaint.

Leer más

Lo que Trump no sabe de Puerto Rico

Leer más

Marullo - Oleada de verano #10: Yara Liceaga Rojas

Leer más

Suscríbete a mi espacio

Nuevo contenido todas las semanas. Sé parte de la comunidad de pensadores.

Gracias! Su suscripción ha sido recibida!
Oops! Something went wrong while submitting the form