El Último Abrazo A Luis Raúl

Cuando comencé en Wapa TV con ¿En serio? con Silverio y Los Rayos Gamma en enero de 1988 tenía elprime time de dos de los cinco días de la semana del principal canal del país. En medio del ajetreo de esos dos programas, se me cruzó en el camino una persona de esas que llegan de improviso, como una llovizna en un día soleado, y se quedan en tu vida para siempre. Sucedió así. ¿En serio? con Silverio lo hacíamos en directo desde un hotel de la capital. La cantante Sophy, una figura de gran relieve en la música popular, sería mi invitada el viernes 11 de marzo de 1988. Le pensaba dedicar dos segmentos del programa, pero unas horas antes de ir al aire, de su oficina nos cancelaron su participación. Hicimos lo indecible por conseguir sustitutos y no lo logramos. Tendría entonces que extender mi monólogo y alargar la única entrevista que teníamos, que era con un actor que venía a promocionar una obra infantil.

—¿Cómo se llama el actor? —pregunté con la esperanza de que fuera alguien conocido para justificar la extensión de la entrevista.

—Luis Raúl —me dijeron.

—¿Luis Raúl qué? —inquirí.

—Luis Raúl, sin nada más, así quiere que se le llame artísticamente.

—¡Ah carajo! —dije incómodo— Es un total desconocido y ya tiene nombre artístico. Le daremos cinco minutos y va en coche —concluí con una arrogancia que a mi equipo de producción extrañó.

Cuando tocó el momento de la entrevista y lo presenté, vi entrar a un diminuto personaje, de cabeza sembrada en los hombros, nariz protuberante, vestido con una camisa ridículamente colorida, que se sentó en la silla de invitados con una prepotencia y seguridad que me incomodó. Sentí el impulso de descargar contra él la molestia que tenía por la cancelación de Sophy.

—Saludos Luis Raúl y bienvenido a ¿En serio? ¿Su decisión de no usar apellido, a qué se debe?

—Sucede que, si solo uso el Martínez, de mi padre, la gente va a pensar que no tengo madre, y si uso los dos, Luis Raúl Martínez Rodríguez, sería demasiado para un tipo chiquito y feo como yo.

Risas del público. Su contestación me sacó de balance; no era lo que esperaba. He ahí alguien que no le teme a bromear consigo mismo, pensé. Decidí presionarlo un poco más.

—¿Usted hace del Patito Feo? —lancé.

—¿Quién podría hacerlo mejor? —ripostó

Más risas. Percibí que con su contestación había dejado a propósito una puerta abierta por donde me invitaba a entrar.

—Pero, ¿tuvo que hacer audiciones, como usualmente se hacen para el papel principal de una obra?

—Fíjate no. El productor me vio y dijo: ese es el patito que yo estaba buscando.

La risotada del público fue estruendosa. Me di cuenta que el tipo quería el intercambio de golpes. Lancé otro jab.

—¿Y cómo hace para internalizar el personaje de un patito feo?

—No se me ha hecho nada difícil. Hay tantos patitos por ahí que es cuestión de observarlos cómo caminan. Lo de feo se lo puse yo.

Carcajadas.

Eran tiempos en que ese juego de palabras con todo lo relacionado a ser gay, producto del prejuicio y la discriminación de la sociedad contra los homosexuales, resultaba gracioso. Era humor inteligente, no vulgar, se podía alegar. Pero el trasfondo era el mismo. Con gusto o sin gusto seguía siendo un disgusto. Los tiempos han cambiado, para bien, y en ese aspecto hemos crecido bastante, pero no lo suficiente. Hacer ese tipo de intercambio humorístico como el que tuvimos Luis Raúl y yo ese primer día que nos conocimos, ahora sería inadmisible, por lo menos para mí. Como también lo es la mofa por el peso, el origen, la raza o las discapacidades. El reto del humorista de hoy es seguir sacándole humor a la vida, sin que sea a costa de las taras de la sociedad con la que todos cargamos.  

El coordinador me hizo señas de que los cinco minutos que se le iban a dar a la entrevista habían terminado. Pero yo no estaba dispuesto a terminar aquel delicioso encuentro, y dije:

—No se vaya nadie que regresamos con más del Patito Feo en el próximo segmento.

Cuando ya estábamos fuera del aire, le di la mano a Luis Raúl y le dije al oído:

—Me quito el sombrero ante tu humor. Eres un general.

—Y tú eres un hijo de puta —me contestó. Me tiraste a joder.

Y nos reímos. En ese preciso instante se dio una conexión maravillosa, una complicidad no hablada, un respeto mutuo que aún, en este instante en que lo recuerdo y me invade la emoción, perdura como esa noche del 11 de marzo de 1988. No tardó mucho en que lo convenciéramos de que se convirtiera en la persona que, media hora antes de ir al aire, calentaba al público que venía a ver el programa. Lo hacía con chistes y concursos y dejaba entusiasmada a aquella gente para mi entrada en vivo. Poco a poco, en esa media hora semanal a su cargo, se fue gestando el mejor stand up comedian que haya dado el país.

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