El Fanfarrón

No sé a ustedes, pero a mí los fanfarrones me provocan rechazo, y a la vez una cierta lástima pues no me cabe la menor duda de que, a la larga, los veré enredados en su propia lengua, salpicados por su propia fanfarronería, humillados.

   Desnudemos al fanfarrón y luego pongámosle nombre y apellidos. El fanfarrón se jacta, alardea de fuerza o poder, con tanta vehemencia que se le podría aplicar aquello de “perro que ladra no muerde”. Pero el fanfarrón asusta, hace daño, atropella. Tal vez la palabra fanfarrón surge del hecho de que son personas que andan tocándose su propia fanfarria, sea por su baja autoestima y porque no encuentran a nadie que motu propio lo haga.

  Hablemos de algunos de ellos que recientemente han quedado en “la página de Cheo” (los mayorcitos sabrán lo que esta expresión quería decir en décadas pasadas).

El fanfarrón mayor es Donald Trump. Para él no ha existido ni existirá jamás un Presidente de los Estados Unidos más inteligente, mejor negociador, con más logros que él. Le encanta reunirse con sus pares en la fanfarronería, como Vladimir Putin o Kim Jong Un. Alardeaba de trato con las mujeres y decía cómo “cuando eres una estrella ellas te dejan que ‘grab them by the pussy’”. Tal vez pase a la historia como el peor presidente en la historia de los Estados Unidos. Su caída será humillante y estrepitosa. ¡Apúntenlo!

Aunque a algunos compañeros y amigos de la izquierda les pueda molestar, Nicolás Maduro ha sido un fanfarrón que ha pretendido calzar los zapatos de Hugo Chávez, que a su vez quería ser el nuevo Fidel Castro. Eso no le ha ganado muchas simpatías y, ahora que está enfrentándose a una crisis de grandes proporciones, son pocas las manos amigas que se le extienden. Esta característica de su personalidad no justifica ni la agresión militar ni el bloqueo económico que el fanfarrón del norte ha planificado. Aquí cabe apuntar que la fanfarronería está muy ligada a las sobredosis de testosteronas, al machismo exacerbado.

Luis Rivera Marín, Secretario de Estado, de un país que no es estado, es un aspirante a fanfarrón que se colgó en el primer examen corto sin avisar que le dieron. Acaba de reconocer que las dos misiones supuestamente humanitarias que lideró, utilizaron la necesidad de miles de venezolanos para “provocar a Maduro”. Alardeó de haber aterrizado en suelo venezolano un avión que nunca llegó y cuando al barco en el que hizo el segundo intento le insinuaron que no podía entrar a aguas venezolanas, se abortó la misión con el rabo entre las patas. Repito: la solución al conflicto venezolano, urge, pero sin fanfarronerías y payasadas de uno y otro lado.

Por último, está el caso del recién exaltado a la lista de renunciantes de la presente administración: el director de WIPR. Era un buen compañero de trabajo, simpático, conocedor de los asuntos técnicos, hasta que el fanatismo político le infundió delirios de grandeza, se dejó seducir por la posibilidad de ser llevado a su máximo nivel de incapacidad, y comenzó a fanfarronear. Primero, en la primaria se unió abiertamente a las huestes de Ricardo Rosselló y le declaró la guerra a sus compañeros de trabajo que apoyaban a Pierluisi. Luego, cuando el bando suyo ganó la primaria, amenazó directamente a estos compañeros de partido con botarlos si el partido ganaba la elección. Pronto alardeó de que sería el nuevo mandamás del canal, y de que saldría de aquellos que no fueran de su grupo, artistas, productores o empleados. Y así lo hizo. Dos años después, ha tenido que renunciar. Aquellos por los que alardeó y fanfarroneó, lo han dejado en la estocada. Y cuando salgan otras cosas, que a la larga saldrán, ni para allá van a mirar los que le alzaban la cola en las redes sociales. Una de sus compañeras de trabajo y de partido, a la que humilló por no ser de su clan, acaba de ser nombrada presidenta interina. Ella sí sabe de dirigir el canal, y siempre ha sido humilde y trabajadora.

Es muy fácil caer en la fanfarronería cuando se está cerca de los círculos de poder. En el libro Solo cuento con el cuento que te cuento, aquí disponible, narro cuando fui tentado a reírle las gracias a los poderosos, de ambos partidos, y a tiempo me detuve. No me atribuyo esa sabiduría, sino a las enseñanzas de mis padres, que siempre me hicieron ver en la humildad una virtud que supera por mucho a la fanfarronería. Domestica tu fanfarrón interno. Es una tarea diaria.

¿Quiénes son tus fanfarrones preferidos?

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Publicado el 8 de septiembre de 2019 en 90 Grados, por Renia Fermaint.

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