De Gira Por EU

¿Cuándo vienes para acá?, me reclaman por las redes los boricuas de la diáspora, deseosos de que les contemos y les cantemos cosas de Puerto Rico, para paliar la ausencia. ¡Por fin puedo decir que sí! El sábado 6 de abril estaré en New Haven, el 7 en Southbridge, en esa semana siguiente estaré con charlas en Lawrence, el 12 en Holyoke, el 13 será el concierto Sabinadas y Serraterías con Mikie Rivera en Boston y el 14 lo haremos en Nueva York. Los detalles los verán en los respectivos eventos que hoy se publicarán. Me emociona viajar para hacer contacto con mi gente de la banda allá, pues uno deja el alma en cada canción, en cada anécdota que se cuenta, en cada parodia o salida humorística que se dice. Y pronto vendrán otros lugares.
Pero esta gira, en la que cargo con la guitarra y con el libro SOLO CUENTO CON EL CUENTO QUE TE CUENTO, me evoca demasiados recuerdos de otros viajes con Haciendo Punto en Otro Son. Se activa la memoria. Y necesito contarles anécdotas que parecen sacadas, unas de películas de misterio, otras del teatro del absurdo.

Me viene el recuerdo de un domingo a mediodía en una iglesia bautista en Washington, atestada de gente elegantemente vestida, mayormente afroamericanos y líderes latinos de organizaciones defensoras de los derechos civiles. Haciendo Punto cantaría inmediatamente después del mensaje de un reverendo que al hacer su entrada provocó la activación de los flashes de las cámaras y los intentos de los que daban al pasillo por donde caminaba de tocarlo, saludarlo y lograr algún contacto con él. Yo no sabía quién era. Cuatro años después cuando corrió por el Rainbow Coalition para presidente de los Estados Unidos supe que se trataba de Jesse Jackson. Los líderes boricuas en Washington habían logrado la atención a sus reclamos del conocido activista y ese acto sellaba esa coalición. La actuación del grupo era una muestra del aprecio de los puertorriqueños a aquel junte de propósitos.

El esplendor de la actividad y nuestra brillante actuación, con introducciones en inglés a cada una de las canciones, contrastaba con lo vivido la noche anterior. A Moncho y a mí nos tocó quedarnos en un inmenso sótano vacío de un edificio, con solo dos matresses tirados en el suelo, uno al lado del otro. Moncho se fue a investigar a ver si encontraba un baño en aquel sótano inmundo y regresó al rato, asustado y molesto. Se había topado con unos salvadoreños ilegales que tenían una estación de radio clandestina en una esquina de aquel lugar desde donde estaban haciendo un llamado a apoyar la revolución en El Salvador. Como Moncho era blanco y en su calva quedaban destellos de pelo rubio, pensaron que era un agente de inmigración y salieron corriendo. Allí, entre ratones que corrían de un lado a otro, y un frío insoportable, pasamos la noche.

El más inverosímil de esos recuerdos fue cuando cuatro de nosotros viajamos por cuatro horas y media de Lancaster, Pensilvania, hasta Poughkeepsie, Nueva York, en medio de una intensa nevada, para tratar de llegar a una presentación de Silvio Rodríguez con Pete Seager, cantante folclórico y activista social al que muchos considerábamos el padre de la canción protesta norteamericana. Cuando llegamos estaban en la última canción, pero conocer a Pete y verlo junto a otro gigante del nuevo canto valió la pena.

De allí salimos cerca de la media noche hacia Rochester, al norte del estado de Nueva York, donde tendríamos al otro día un concierto en una iglesia católica. Fueron otras cinco horas de travesía. El sacerdote, que había sido expulsado de Puerto Rico por revolucionario, nos recibió a eso de las cinco de la mañana. El resto del grupo ya había llegado y dormían en algunas casas de los feligreses. Muy amablemente nos invitó a un café en su casa, detrás de la iglesia, y sin encomendarse a nadie sacó picadura de marihuana y se preparó un cigarrillo mientras nos explicaba, con gran pasión, la labor comunitaria que estaba realizando.

Y también me llega el del espectáculo que presentamos en el John Hancock Hall de la calle Berkeley en Boston. Cuando estábamos haciendo la prueba de sonido, se me acercó un muchacho flacucho, alto y pelú, cargando una grabadora enorme. No recuerdo si me dijo su nombre. Sólo quería una entrevista con el grupo para un programa de radio que tenía en Berklee, la más prestigiosa institución especializada en música de los Estados Unidos. Le dije que sí. Fue un diálogo ameno enfocado en la investigación como fuente de la reinterpretación del folclore. Lo invité a que se quedara para el show, y así lo hizo. Al terminar vino emocionado a darnos las gracias y pidió permiso para regresar al otro día y grabar en audio parte de la presentación. Ese segundo día, apareció con una copia de The Real Paper, un periódico de la ciudad, que había publicado una crítica del espectáculo donde se decía que “Haciendo Punto is the best musical group in the Western Hemisphere”.

Volvía encontrarme con ese joven en los inicios de la década del noventa. El productor y amigo, Rafo Muñiz, me invitó al Centro de Bellas Artes al espectáculo de la sensación del momento: Juan Luis Guerra y su 440. Acababan de lanzar el álbum Bachata Rosa que luego le ganó su primer Grammy y sobrepasó los cinco millones en ventas. La primera producción, Ojalá que llueva café, ya me había parecido una obra maestra. Al terminar el concierto, Rafo me llevó a los camerinos para que conociera a Juan Luis. Yo estaba emocionado y deseoso de mostrarle mi admiración y aprecio por su música. Cuando entramos al camerino Rafo hizo una presentación de mi persona, mencionó a Haciendo Punto y ese nombre hizo que Juan Luis me enfocara con su mirada de niño grande y exclamara: “pero si yo los entrevisté en Boston cuando fueron al John Hancock Hall y yo estudiaba en Berklee” y me dio un abrazo. Fue de esos momentos en que uno se queda sin palabras. Juan Luis se deshizo en elogios sobre el grupo y la importancia que para él tuvo aquella entrevista.

Si quieren conocer más de estas historias pueden adquirir el libro SOLO CUENTO CON EL CUENTO QUE TE CUENTO disponible en este mismo site.

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