CLARA Y SOMBRA

Extracto del Capítulo 27: El propósito de Clara de la novela Un espejo en la selva

No es casualidad que el nombre de la ex secuestrada por las FARC, Clara Rojas, signifique en su primera aserción “que tiene abundante luz” y en la quinta “transparente y limpia”. Mientras que el mote de su carcelero, Martín Sombra, sea “oscuridad, falta de luz” y en la tercera aserción “aparición fantasmagórica de la imagen de una persona ausente o difunta”. Tampoco es casualidad que ambos son personajes importantes en mi novela Un espejo en la selva  y que a él lo hayan excarcelado tres días antes de que Clara venga a Puerto Rico a participar de la presentación de la novela el miércoles en Ponce, en el Candil, y el jueves en el conservatorio de Música de Miramar. 

A ustedes, que siempre me han apoyado en todos mis proyectos, y en este momento la novela es el más importante, les quiero regalar un extracto de la misma donde el personaje principal, el sicólogo Efraín López Arraíza interacciona con Martín Sombra, y luego con Clara Rojas. 

Extracto del Capítulo 27: El propósito de Clara de la novela Un espejo en la selva

(Cuenta Efraín)

Una mañana me llamó la atención que cuando todo el grupo iba a buscar su tinto con galletas, Keith ya venía de regreso. Usualmente, después del desayuno me iba a dar un baño al río. En las mañanas el agua estaba muy fría y la mayoría prefería bañarse en horas de la tarde. Ese día, presintiendo que Keith tramaba algo, regresé con disimulo en medio del resto del grupo. Lo sorprendí en mi espacio, intentando leer mi libreta de notas. Corrí a quitársela. Algunos del grupo intentaron detenerme. Keith gritaba que yo estaba escribiendo informes sobre cada uno de los prisioneros, que era un infiltrado de la guerrilla. Ingrid le arrebató la libreta y su semblante cambió cuando vio mis apuntes. Entonces me encaró.

—¿Y esto? 

—Notas que he tomado de lo que observo.

—¿Notas para quién?

—Para mí. Así mantengo la mente ocupada.

Ingrid se volteó hacia sus compañeros. Por las caras que tenían era obvio que habían comprado la teoría de Keith. Ingrid me devolvió el diario y todos se fueron. Keith murmuró un insulto antes de marcharse. Pocas horas después vino un guardia, me pidió la libreta y se la llevó. Mis compañeros de secuestro se lo disfrutaron.  Yo exigí ver a Sombra.

Me recibió y prometió devolverme la libreta luego de que uno de sus superiores la examinara. Le solicité ver a Clara. Accedió. Para llegar al lugar que le habían habilitado a Clara había que cruzar el campamento de un extremo al otro. Había grandes corrales de cerdos y gallinas. Un grupo de guardias los vigilaba. 

La caleta de Clara estaba al lado de un gran almacén de víveres al que llamaban El Economato. El techo de su nueva habitación estaba cubierto por una lona y el espacio era inmenso comparado con el que tenía en la jaula. Vi en el piso dos paneles de madera con una sábana. Envidié aquella cama de lujo. Clara estaba de espaldas a la entrada, como la había visto la primera vez. La llamé por su nombre y no se movió. Subí el tono de voz y tampoco respondió. Temí que le estuviese sucediendo algo así que me acerqué y la toqué en el hombro. Ella se sobresaltó. 

—Perdone que la haya asustado.

—¿Qué hace aquí?

—Aproveché que vine a hablar con Sombra y le pedí que me permitiera saludarla y saber cómo estaba. 

—Se lo agradezco. Y también le agradezco lo de los otros días. No se tenía que meter en problemas por mí.

—¿Cómo ha estado?

—Aquí, como verá, estoy mucho más cómoda que allá. No le tengo que soportar groserías a los demás y disfruto de mi silencio.

—¿Y su embarazo?

—¿Sombra le mandó a convencerme de que aborte?

—No. Usted es dueña de su cuerpo.

—Doctor, aquí no somos dueños de nada. Pero yo he decidido que voy a hacer todo lo posible porque mi bebé nazca. 

—¡Qué bueno! —dije, y una emoción inesperada se apoderó de mí.

Hubo una pausa. Vio que yo estaba afectado y se extrañó.

—¿Le pasa algo? ¿Tiene usted hijos?

No pude contestarle. Su pregunta revolcó situaciones muy dolorosas que yo había tratado de olvidar. Recordé los ojos de Nina tratando de ocultar sus lágrimas cuando el doctor nos dijo que era casi imposible que yo pudiera procrear. En la pantalla de su computadora había una imagen donde predominaba el color rosa con unas manchas blancas y unos puntos negros. Nos explicó que esa era mi muestra de semen en la que se notaba una ausencia total de espermatozoides. Dijo que la condición se llamaba azoospermia y que solo se encontraba en el uno porciento de la población masculina.

Lo primero que sentí fue vergüenza. Esa sensación predominó en los días subsiguientes. Nina quiso que habláramos. Yo evadí hacerlo. Sentía que le había fallado. El sueño de tener niños, de lo que ella hablaba con tanta ilusión, se hacía trizas por mi incapacidad. Llevábamos unos años tratando y siempre pensé que era ella la que tenía algún problema. 

Me sometí a dos pruebas distintas y ambas tuvieron iguales resultados. Un silencio incómodo fue creciendo entre nosotros. Varios días después me pidió que fuéramos a un psicólogo. Me sentí insultado, pero sabía que era yo quien actuaba de forma irracional por una frustración de macho herido en su orgullo de procreador. Fue en esas circunstancias que recibí la llamada de Jairo para ir a Colombia. Creí que al salir del país dejaba atrás el problema. El universo tenía otros planes para mí.

Clara me miraba intrigada. Tenía el pelo castaño oscuro, el rostro pálido, un dejo permanente de tristeza y dos líneas de expresión que resaltaban sus pómulos.

—¿Qué le sucede? ¿Perdió un hijo?

—Perdí las opciones de tenerlo —musité.

—Lo siento —bajó la cabeza. 

—Mi esposa se desvivía por ser madre —dije intentado desenredar el nudo emocional que por tanto tiempo cargaba.

—Entonces usted debería entender mejor que nadie mi decisión —dijo esta vez con una mejor sonrisa—. Es mi tiempo biológico. El cuerpo me lo dice.

—Entiendo, pero un embarazo bajo estas circunstancias es una locura, sobre todo sola.

—No seré la primera ni la última en tener un bebé en la selva. Siempre deseé ser madre y eso nunca estuvo supeditado a estar casada o a tener un compañero. 

Me quedé esperando que ella abundara y notó mi curiosidad.

—¿Usted también quiere saber quién es el padre? —se volvió molesta hacia su esquina.

—En todo ser humano hay esa parte morbosa que alimenta el chisme. En mi caso, aunque tal vez me gustaría saberlo, no es necesario —dije deteniéndola.

—¿Cree suficiente que le diga que viví una experiencia que me dejó embarazada?  

—Me parece una hermosa explicación.

—Usted como psicólogo debe saber que en este infierno es necesario encontrar un nuevo propósito de vida que haga sentir que vale la pena vivirla.

—¿Leyó usted a Víktor Frankl?

—Sí, hace muchos años. Estaba interesada en los testimonios de sobrevivientes del holocausto. Jamás pensé que leer sobre su experiencia me iba a ayudar a sobrevivir aquí. ¿Y usted, de qué se agarra?

—De la posibilidad de encontrarme con mi esposa, pedirle perdón y disfrutarme cada segundo de vida con ella.

—No se suelte de ese propósito, si no se muere.

—Qué lástima que no hubiésemos conversado antes.

—Usted fue el que estableció que no quería comunicación con nosotros. 

—¿Cómo? —pregunté sorprendido.

—Eso fue lo que Ingrid nos dijo luego de que ustedes conversaran.

—¡No es cierto! Ella me dijo que eran ustedes los que preferían, por precaución, que la comunicación fuera solamente a través de ella.

Clara sonrió y tomó una respiración profunda. Yo insistí en saber.

—No entiendo por qué ella hace eso.

—Ingrid quiere controlarlo todo. 

—¿Y usted se lo recrimina?

—Le recrimino su testarudez. Por querer llegar a como diera lugar a San Vicente de Caguán fue que nos secuestraron. Claro, yo también era responsable pues acepté ir. La distancia entre nosotras comenzó después del segundo intento de fuga. Ya estábamos bastante alejadas del campamento cuando un enjambre de avispas nos atacó. Ella se puso histérica y comenzó a gritar en pleno día. Eso llamó la atención de los guerrilleros que ya nos buscaban y nos apresaron de nuevo. 

“Al regreso al campamento supimos por un periódico que un guerrillero nos mostró que su papá había muerto. Nos encadenaron por el intento de fuga, como si fuéramos animales. Yo me agarré de una Biblia que había conseguido y leía versículos en voz alta para que ella se consolara. Pero eso le molestaba. Decidimos hacer un ayuno para protestar por el mal trato y finalmente logramos que nos quitaron las cadenas. La guerrilla no podía permitir que sus más preciadas prisioneras murieran. Pero esa experiencia infrahumana nos marcó. Cada una nos sumimos en la búsqueda de la fuerza interna que nos permitiera sobrevivir. No es que ella sea mala y yo buena o viceversa. Es que aquí uno llega a odiar todo lo que le rodea, hasta a uno mismo, si no se aferra a su fe.”

Clara hablaba como si estuviera destapando una olla de presión. Una de los guardias interrumpió su descarga y me dijo que tenía que regresar a la jaula. Pasé varios días esperando que me devolvieran la libreta. Un día que Sombra se apareció por los alrededores le volví a exigir que me diera mis apuntes. Con todo el cinismo del que era capaz dijo en voz alta que mis propios compañeros habían sido los que pidieron que me quitaran la libreta pues se sentían incómodos con lo que yo había escrito. No hubo reacción de ellos para desmentirlo.

La novela está disponible en todas las librerías de Puerto Rico y en otros lugares en los que se venden libros; además en www.amazon.com y en www.unespejoenlaselva.com

La novela se presentará con la presencia de Clara Rojas este miércoles 28 en El Candil en Ponce y el jueves en el Conservatorio de Música en Miramar.

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